Guerra Fría en Oriente Medio
El ascenso del Estado Islámico tiene mucho que ver con la Guerra Fría que Arabia Saudí e Irán libran por el control de Oriente Medio. He escrito este artículo sobre el tema en el diario vizcaíno El Correo. Difícilmente se resolverán los problemas de la región si su futuro sigue estando en manos de estos dos actores que rechazan el diálogo y que están atrapados en una guerra de zero sum en la que sólo habrá un vencedor. A continuación el artículo.
Oriente Medio vive uno de sus periodos más convulsos que se
recuerdan y los focos del incendio no dejan de propagarse. Irán y Arabia Saudí
han aprovechado esta creciente inestabilidad para extender a Siria e Irak su
particular lucha por la hegemonía regional, utilizando para ello a actores
interpuestos. Lo que está en juego es, nada más y nada menos, el futuro de la
región tras las convulsiones que desencadenó la denominada Primavera Árabe y
las revueltas antiautoritarias registradas en Túnez, Egipto, Libia y Siria.
No es ningún secreto que Arabia Saudí pretende exportar su
modelo ultraortodoxo salafí al resto del mundo árabe y que ha puesto sus
petrodólares al servicio de esta causa. Lo verdaderamente novedoso es que los
saudíes han aprovechando la actual coyuntura, teóricamente adversa para sus
intereses, para tratar de recuperar el terreno perdido en las dos últimas
décadas. Su propósito no sería otro que cortocircuitar cualquier reforma
democratizadora y extender el rigorismo religioso. De otra parte nos
encontramos con Irán, que intenta preservar a toda costa el arco chií que va
desde Irán hasta Líbano pasando por Irak y Siria e, incluso, extenderlo a otros
países del golfo Pérsico con población chií.
Algunos autores no dudan en describir esta bipolarización
saudí-iraní como una nueva Guerra Fría que se libra en Irak, Siria, Líbano y
Palestina. La analista francesa Fatiha Dazi-Héni considera que no es pertinente
hablar de un enfrentamiento religioso entre sunismo y chiísmo, puesto que «las
actuales divisiones sectarias entre Arabia Saudí e Irán parecen estar mucho más
relacionadas con el enfrentamiento geopolítico y el antagonismo ideológico en
su búsqueda por el predominio en Oriente Medio, que con la religiosidad. Esta
nueva Guerra Fría puede verse acentuada debido a las estrategias que utilizan
los dos países desde la Primavera Árabe, que han mostrado una creciente
bipolarización basada en el sectarismo de los conflictos que enfrentan a suníes
y chiíes».
Al exacerbar las tensiones sectarias en una zona con una
elevada heterogeneidad confesional ambos países son igualmente responsables del
descenso a los infiernos que se vive en diversos escenarios y que amenaza con
llevar a la región al abismo. Siria se ha convertido en un polo de atracción
para salafistas y yihadistas deseosos de combatir a un régimen que es tachado
de apóstata. De hecho, el sectarismo se ha convertido en uno de los elementos
clave que explican la irrupción de grupos yihadistas en la órbita de Al Qaeda.
El avance del Estado Islámico en Irak no puede entenderse tampoco sin aludir a
los intentos de Arabia Saudí y del resto de petromonarquías del golfo Pésico de
torpedear al gobierno sectario de Nuri al Maliki, cuyo principal respaldo es
Irán.

Una muestra de este enconamiento son las ‘fatwas’ o edictos
religiosos emitidos por importantes predicadores, entre ellos el influyente
clérigo egipcio Yusuf al Qaradawi, que tiene su base en Qatar y emite un
programa en la cadena Al Jazeera, quien consideraba lícito «matar a todos
quienes trabajan para el gobierno sirio, ya sean civiles, militares, clérigos o
ignorantes». El clérigo yihadista mauritano Abu al Mundir al Sinqiti emitió,
por su parte, un edicto en el que afirmaba que «la yihad contra la secta
politeísta alawí es una obligación de todo musulmán», que «debe emprender la yihad
contra los alawíes al igual que la yihad contra los judíos, ya que no hay
ninguna diferencia entre ellos».
Tras la revuelta antiautoritaria, el régimen sirio apostó
por la denominada ‘solución militar’ para desactivar las protestas populares.
La mayor parte de los países occidentales optaron por el ‘ver y esperar’
limitándose a dar respaldo político a la oposición. Las petromonarquías árabes
aprovecharon esta situación para armar a los grupos de orientación yihadista. El
embargo de armas occidentales a los rebeldes en los primeros compases de la
confrontación incrementó la dependencia del golfo Pérsico y de los
financiadores privados, que son el principal sustento para la mayor parte de
grupos que combaten en territorio sirio. Debe recordarse que dicha financiación
se supedita a la asunción de una agenda religiosa puritana y que los grupos yihadistas
pretenden imponer por la fuerza de las armas un Estado islámico regido por la ‘sharía’.
La superposición de grupúsculos islamistas radicalizados y
las agendas de los países del Golfo ha tenido efectos catatróficos en Irak y Siria,
caos en el que también tiene una parte nada desdeñable de responsabilidad EE UU.
La Administración de Obama ha tratado de distanciarse de Oriente Medio para
marcar diferencias con la política intervencionista de George W. Bush. No
obstante, su estrategia de salida ha estado marcada por los errores, puesto que
ha apostado por los caballos equivocados. En Irak ha permitido durante
demasiado tiempo los excesos de Nuri al Maliki, quien ha gobernado desde el
sectarismo y el rencor provocando el desafecto de la minoría sunní. En Siria
parece haberse resignado al manteniminento de Bachar al Asad como un mal menor
ante el avance del Estado Islámico, como si la única alternativa posible al
dictador fuese el yihadismo. Al mismo tiempo ha permitido que Arabia Saudí
financie generosamente a los grupos salafistas que quieren imponer en todos los
confines del mundo árabe una visión sesgada y medieval del Islam. Ahora ha
llegado el momento de recoger los frutos de tan desastrosa apuesta.
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